Ayer estuve celebrando el cumpleaños de un buen amigo junto con otros cuates de la prepa. Fue divertido. Comimos tacos al pastor y helado. Estabamos en eso, en lo del helado, cuando se nos ocurrió tomarnos algunas fotos. Estábamos, por cierto, en un conocido centro comercial de Downtown Toluca (ni siquiera hablar mamonamente en inglés puede hacer que Toluca sea cool...). De pronto, acercósenos una señora gorda que, por lo que se dedujo después, era una especie de guardia de seguridad del lugar. Nos pidió que guardáramos las cámaras fotográficas, ya que está prohibido tomar fotos.Es, por supuesto, una bobería que esté prohibido, aunque sus razones tendrán. Y las reglas son las reglas, así que no culpo en absoluto a la mujer por pedirnos que guardáramos las cámaras. Lo que molestó fue la manera en que lo pidió. Hubiera podido decirnos, amablemente, "Miren, jóvenes, lo que pasa es que está prohíbido tomar fotos dentro del edificio, por favor guarden sus cámaras"; pero, en vez de eso, exclamó "Está prohibido tomar fotos... ¡Así que me guardas las cámaras ahorita mismo!" con ese tonito que recuerda al de una mamá especialmente estresada. Lo peor del asunto es que, incluso aunque nosotros dijimos con toda educación "Sí, señora. No sabíamos, disculpe" y guardamos acto seguido las cámaras, la pobre señora estresada al parecer ya llevaba el diálogo preparado bajo el supuesto de que nos negaríamos y nos dijo "¡Porque si no ahorita le hablo a mi jefe para que se las quite, porque ya hemos tenido problemas con eso antes!".
El incidente de la guardia estresada me hizo recordar otro, no menos gracioso, que me paso cuando estaba por la facultad con otro de mis mejores amigos. Cruzábamos tranquilamente la calle cuando un coche se nos aventó, con la clara intención de molestarnos, pues la calle era bastante ancha, él no iba a gran velocidad y no había ningún otro automovil demasiado cerca como para que no hubiera podido esquivarnos sin dificultad. Mi amigo le hizo una seña obscena con la mano. El conductor detuvo el coche, salió y nos gritó "¡¿Qué?! ¿Cuál es su problema? ¡Vengan y díganmelo en la cara!", mientras una mujer, dentro del auto, suplicaba "Ay, ya... déjalos. Métete al coche... ¡ya!". Huelga decir que nosotros lo ignoramos olímpicamente, aunque sin poder evitar reírnos.
Y es que lo que pasa con la gente estresada es que busca, de alguna manera, provocar un conflicto. Pelearse con alguien para liberar el estrés, tener una excusa para pegarle a alguien, reprimirlo, gritarle o, tan siquiera, hacerlo enojar (porque uno se siente un poco mejor cuando no es el único que está estresado). El conductor vio su intento frustrado, ya que, obviando la pequeña seña que mi amigo le hizo, pasamos de largo; la guardia gorda se precipitó demasiado, y quedó en ridículo al contestar con amenazas a nuestra actitud educada y correcta.
Con las provocaciones lo mejor es hacer eso. Uno se evita conflictos y se mantiene tranquilo, además de que no le da el gusto al provocador de la retroalimentación. Responder siempre a las provocaciones, algo conocido como el Síndrome de Marty McFly, puede traer, por otro lado, desagradables consecuencias.
