martes, septiembre 29, 2009

Sobre la patria

Jaime Bayly es un escritor peruano bisexual y un tanto "polémico" (aunque a mí no me lo parece tanto). De él he leído dos novelas, una de las cuales me gustó mucho y la otra no tanto. En ambas hay tres temas recurrentes: la homosexualidad, las drogas y el autoexilio.

Ayer fue el día de la independencia de México. Acá se celebra el 16 de septiembre, pero lo cierto es que el día de la independencia es el 28 de septiembre. México es un país extraño donde se celebra el inicio de la guerra de independencia y no la consumación de ésta.

Lo que Jaime Bayly siente con respecto al Perú es más o menos lo que yo siento con respecto a México. Los dejo con su artículo y, salvo algunos detalles circunstanciales (no soy peruano, no tengo hijas, sí amo a todo el mundo y el único país donde he "vivido" fuera de México es Canadá), pueden imaginarse que soy yo el que escribe.


La perpetua agonía


Los nacionalistas dicen que aman al Perú. Yo no amo al Perú. Me encantaría, pero no puedo. El Perú son millones de personas. No puedo amar a tanta gente. No soy tan amoroso. No me alcanza el amor. No puedo amar a gente que no conozco. Ni siquiera puedo amar a mucha gente que conozco. Si no consigo amar a mis padres, no sé cómo podría amar a todos los peruanos. Es demasiado. Yo amo a mis hijas, pero no al Perú. No puedo amar a tanta gente. No puedo amar a un país entero. (Ribeyro escribió: “El verdadero amor, en la medida en que excluya toda reciprocidad y recompensa, sólo se da en la vía consanguínea. Todo el resto es desvarío, ilusión o accidente”).

Yo no soy nacionalista. No quiero más al país en que nací por decisión de mis padres, que a otros países que conocí en ejercicio de mi libertad. Se quiere a los países en los que se ha sido feliz. Se quiere a los países que uno admira, a los que uno agradece ciertas cosas, en los que uno se siente cómodo de estar en mayoría o, más importante aún, de estar en minoría. Yo admiro más a otros países que al país en que nací. He sido más feliz en otros países (Estados Unidos, Argentina, España) que en el Perú. Pero tampoco creo que sea exacto decir que amo a esos países, a ningún país. Los países son abstracciones colectivas y yo sólo puedo amar a personas, a individuos.

Nací en el Perú por obra del azar. Nadie elige a sus padres ni al país en que nació. Son accidentes benignos o perniciosos o inocuos. Nadie está obligado a amar al pedazo de territorio en que nació. Nadie está obligado a encontrarlo bello o sobrecogedor sólo porque allí fue parido y fue al colegio. El Perú no me parece un país particularmente admirable o glorioso. Me parece un país extraño, inexplicable, aturdido, violento, confuso, autodestructivo. Tampoco creo que sea el país más lindo del mundo, ni su bandera la más vistosa, ni su himno el más conmovedor, ni sus héroes los más heroicos, como me enseñaron en el colegio. Conozco países más lindos y admirables que el Perú. No veo por qué tendría que negarlo sólo porque nací en el Perú.

Nadie tiene por qué asociar su destino personal al destino del país en que nació. Si ese país es violento, irracional, autodestructivo, y la mayor parte de sus habitantes ignoran o repudian las formas civilizadas de convivencia, y se condenan por eso a un destino triste, bárbaro, miserable, no parece justo convertirse en rehén o compañero de ruta de esas personas confundidas, someterse a sus designios y renunciar al sueño personal de vivir con toda la libertad que sea posible. El destino del Perú no es mi destino. El destino de ningún país es mi destino.

Quiero que al país en que nací le vaya bien. No depende de mí, sin embargo. Yo sólo tengo el poder, si acaso, de que a mí me vaya bien o mal. Ni siquiera tengo el poder de que a las personas que más amo les vaya bien o mal. Puedo guiarlas, ayudarlas, aconsejarlas, pero dependerá finalmente de ellas que les vaya bien o mal (y sospecho que les irá mejor si ignoran mis consejos). El destino de una persona puede que sea, con suerte, la suma de sus decisiones individuales, el ejercicio -inteligente o estúpido, valeroso o cobarde, laborioso o pusilánime- de su libertad. Del mismo modo, el destino de un país puede que sea la suma de las decisiones colectivas de cada uno de los individuos que lo componen. Si la mayor parte de esas personas deciden mal, repetida y sistemáticamente mal, y por consiguiente hunden a su país en un destino aciago, sólo caben dos opciones para escapar de las seguras miserias que vendrán y torcer esa suerte malhadada: cambiar el modo en que piensan y deciden esas personas o cambiar de país. Yo sólo puedo hacer lo segundo. Lo otro sobrepasa mis fuerzas.

Espero que al país en que nací le vaya bien. Pero si le va mal, o si incluso le va peor de lo mal que ya le iba, no estoy dispuesto a que a mí también me vaya mal por puro patriotismo, por hacer míos los errores de muchos otros y acompañarlos lealmente hasta el final. Porque, además, los países, a diferencia de las personas, siempre pueden estar peor. Las personas, no: llega un momento en que la decadencia progresiva de su salud acaba con sus vidas. Los países, en cambio, nunca se mueren. Algunos eligen ser saludables, prosperar, aprender de los más sabios y fuertes; otros, como el país en que nací, suelen elegir, por misteriosas razones, el camino del sufrimiento, la decadencia y la perpetua agonía. Y, ya se sabe, nunca se mueren, siempre pueden estar peor.

Mi patria no es el lugar en que nací. Mi patria son mis hijas, mis amores, los libros que me iluminaron, las películas que me conmovieron, cada lugar en que fui fugaz e inesperadamente feliz, cada circunstancia que afirmó mi libertad personal y me hizo ser quien ahora soy. Mi patria son muchas pequeñas patrias y están diseminadas en muchos lugares distintos en los que no me siento un extranjero. (Javier Cercas lo dice bien en Soldados de Salamina, esa espléndida novela: “En cuanto a la patria, bueno, la patria no se sabe bien lo que es, o es simplemente una excusa de la pillería o de la pereza”).

Yo no soy un patriota ni aspiro a serlo. No soy un nacionalista y odiaría serlo. Soy o quiero ser un hombre libre. Y así quiero vivir y morir, aunque no sea en el Perú.

Jaime Bayly

sábado, septiembre 12, 2009

La perra... que diga, Loba, de Shakira

Nota: Por alguna razón no me gustó para nada esta entrada, y de hecho creo que me quedó fatal, pero de verdad tenía ganas de escribir sobre esto, así que ahí les va, tal como quedó.



Este video ha sido calificado por algunos como "el peor de Shakira" y estoy completamente de acuerdo.

Shakira me gusta mucho. Muchísimo, de hecho. Pero este video en verdad me parece malo malísimo. Pero vayamos por partes.

Con respecto a la letra, no creo que sea en realidad mala. Habla sobre una mujer muy puta. Ajá. Queda a consideración moral de cada quién si Shakira se degrada o degrada a las mujeres con la letra. Yo creo que sobre todo se puede escribir literatura, incluso sobre mujeres putas; y aunque la lírica de esta canción en particular no es lo mejor de Shakira, sigue conservando un tanto la poesía que ella imprime en otras muchas. Personalmente, el uso de ciertas figuras (que aún no sé identificar*) me parece muy genial (particularmente me gusta mucho lo de "Llevo conmigo un radar especial para localizar solteros. Si acaso me meto en aprietos también llevo el número de los bomberos").

Quant à la música, tampoco me quejo. Es un estilo MUY diferente, lo cual está bien (nunca es malo probar cosas nuevas), aunque siempre preferiré el estilo de la Shakira de Pies descalzos. No tanto por lo comercial o no comercial (la gente se siente muy pro criticando a los artistas por ser "muy comerciales"), sino por meras razones idiosincrásicas.

Finalmente llega el video. Oh, Dios... desastre. Creo que no tiene nada de malo explotar la sensualidad, pero esto ya raya en lo grotesco (y muchos me diran "no lo aprecias porque eres gay"; al contrario, por eso mismo creo que lo aprecio mejor, pues me doy cuenta cuando la cosa deja de ser sensual y se convierte en sexual y dejo de disfrutarla en ese instante :P). Además, algunos de los movimientos ni son sensuales (como ese baile de gorila que se echa al final, antes de tirarse del techo). Sólo hay una cosa rescatable, y es que (apróximadamente al minuto con 16 segundos en el video que puse arriba), la mujer logra que su cuerpo aparente el de un verdadero animal enjaulado, siento su pierna la cola que se mueve (aunque más que loba, diría que parece leona).

Y ya.

* Este semestre tomé un curso de Retórica en la universidad. Es mi trauma del semestre porque iba a ser mi curso favorito de todos, pero nos cambiaron al maestro (considerado casi Dios por toda la facultad) por otro que es bastante malo. Casi lloro y es en serio.